La gallinita ciega

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Caminamos sin ver a nuestro alrededor, tanto que es un milagro que no nos tropecemos o demos golpes contra las paredes. Comprensible que en una ciudad como Caracas, el miedo y el apuro acentúen esta carrera contra el tiempo, que significa salir a la calle. Especialmente, cuando dejamos a ratos los espacios donde nos sentimos “seguros”.

Sin embargo, no solo se mira con los ojos, se percibe la ciudad con los oídos, el paladar, el olfato, los recuerdos, el tacto y las expectativas. Me sorprende cada vez que hago una ruta gastronómica, cuando se repite el comentario: “He pasado por aquí muchas veces y no me había dado cuenta. No lo había visto”.

Tal vez he aprendido a mirar la ciudad -en la que sea que me encuentre- con otros ojos. La observo con curiosidad, he amaestrado mis sentidos a que cada uno registre lo que está a su alrededor y probablemente, por eso siempre encuentro novedades y jamás me aburro.

No lo niego, vivo de mirar, de percibir. Más allá de los más de 60 recorridos gastronómicos que he conducido en 4 años, el ser periodista me hace mirona con método.

Una vecina de la avenida Victoria me preguntaba “¿Qué tanto muestras en ese recorrido? ¿Por qué te paras en el café de Nico? Allí no hay nada, solo una barra donde sirven café; ¿Qué le ves a la pastelería Guayana que tiene los mismos muebles desde hace 20 años?”. Por no decir, otras versiones a estas preguntas, en las rutas en el Municipio Chacao o en el Mercado de Quinta Crespo.

Mi primera conclusión es que percibimos lo que queremos percibir. Incluso, en las rutas con las más detalladas indicaciones, si no estamos dispuestos a abrir los canales de los sentidos, no apreciaremos nada.

Ante tales preguntas, a veces me explayo en indicaciones y cuentos –si soy realmente asertiva – logro sembrar la duda o que asienten con la cabeza. Entonces, lo cotidiano se vuelve estimulante y se impone sobre lo extraordinario. Cuando eso pasa, me siento victoriosa.

Hay que aprender a mirar y a devolverle la mirada a las cosas, a las situaciones, a lo que nos rodea.  Un mismo lugar tiene muchas maneras de observarse, en especial, cuando se trata de dos acciones de las que todos sabemos y tenemos firmes opiniones: comer y beber.

Mirar, probar, reprobar, prestar atención, escuchar, tocar, sobar, acariciar, olfatear,  tantear, degustar, preguntar, anotar, fotografiar, registrar, cuestionar, curiosear, curucutear, recordar, son algunos de los verbos que nos ayudarán a vivir el entorno desde otras posturas.

No hay lugar, historias, ni personas aburridas en el mundo. Solo hay que saber mirar.

“Limones en almíbar” es  mi columna de opinión publicada en el Diario El Universal. Este texto corresponde a la primera edición 25/06/2014.

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